viernes, 9 de septiembre de 2011

Conciencia artificial y transhumanismo


Aunque en realidad, este blog sí tiene una temática estrella. La inteligencia artificial, más bien la consciencia artificial. La posibilidad de emular el psiquismo en entes artificiales.
(Va de peñazo wittgensteniano, así que si buscan algo más fresco, se sale por aquí)
Se conoce por transhumanismo una especulación plausible surgida de la CF que abunda en la posibilidad tecnológica de copiar el psiquismo humano en artefactos artificiales. 

La premisa de partida es que el psiquismo humano es una “organización” de reacciones electro-químicas. Absolutamente todo lo imaginable, pensable, expresable, recordable, especulable, perceptible… todo responde a una codificación de reacciones electro-químicas. La base teórica es la capacidad de las neuronas de estimularse unas otras. Se cargan y se activan como un “chip” supercomplejo de donde, lector, las frases que lees ahora mismo son una combinación de chisporroteos neuronales, a su vez estructurados por otro meta nivel de chisporroteos neuronales, a su vez… así hasta llegar a un complejidad caótica. Naturalmente, estos chisporroteos neuronales, al menos los iniciales, responden a una estimulación exterior (eso creo, vamos), a saber, chisporroteos cibernéticos del que suscribe recodificados en lenguaje, lo que permite salvar la subjetividad y poner en contacto otras dos superneuronas: tú y yo.

La consciencia artificial (debate que conviene separar de la inteligencia artificial, más técnico y serio) ha atravesado diferentes fases. Al principio, se creía que los chisporroteos neuronales se orquestaban a través de algoritmos, a través de una programación “de serie” rectificada y condicionada por un largo proceso educativo. Esta idea hay que desestimarla por simplista.

Otras opciones son que en el psiquismo concurren organizaciones basadas en sistemas emergentes, es decir, comportamientos neuronales muy complejos, que pueden llegar a lo caótico, pero basados en un pequeño grupo de premisas. Véase un hormiguero regido por rastros químicos. En realidad, en la organización del hormiguero concurren algoritmos muy simples del tipo “si el olor dominante A pasa a B, entonces se desactiva el modo hormiga busca comida y se activa el modo hormiga limpia de basura el hormiguero”. En realidad, bastan una decena de algoritmos similares para explicar el universo hormiga en su totalidad (bueno, supongo).

Extrapolado al sapiens, a partir de una mínima capacidad algorítmica se suscita un comportamiento complejo, comportamiento que redunda en la capacidad de expresar representaciones psíquicas de lo que se piensa –lenguaje-, susceptibles de ser matizadas desde procesos educativos externos (cultura, experiencia, etc…)
No se sabe. En cualquier caso, la clave es que todo psiquismo resulta de la combinación de reacciones neurales. Consígase algún soporte emulador de dichas reacciones y se tendrá la posibilidad teórica del transhumanismo.
Ah no… dirán los dualistas… Hay un motor llamado voluntad que no puede computarse… Nada, también… la voluntad es psiquismo y es caracterizable en términos neuronales. Ah no… dirán los dualistas… es que el psiquismo es una respuesta del mundo exterior… Nada, el mundo exterior nos llega codificado por similares “estructuraciones” neuronales.
Confío en no ser muy árido.
Continúo.
Total, admitido que el psiquismo es –y no tenemos manera de refutarlo- una suma de reacciones neuronales, la hipótesis transhumanista es perfectamente plausible.
Que sea posible es otro cantar.

Los partidarios del transhumanismo dirán que es cuestión de tiempo, de avance tecnológico. Pienso que no es así, que lamentablemente, el avance que se requiere para consumar el experimento tiene poco que ver con la tecnología y sí mucho qué ver con la filosofía, y más todavía que ver con la filosofía del lenguaje.
Y es aquí donde, a mi entender, se topa con el primer problema insoluble. El noventa por ciento de los conceptos que utilizamos para explicar el psiquismo son “aproximaciones filosóficas”. No son definiciones caracterizables en lenguajes formales que luego puedas llevar a un plano científico.
Voluntad, vida, tiempo, consciencia, emoción, palabra… Se diría que la ambigüedad inherente a estos términos es como una pregunta abierta, evita el “sí” o “no”, y en su lugar, potencia la dispersión del conocimiento, la búsqueda de asociaciones y afinidades y metáforas que terminan infiltrándose en el rango semántico, lo cual nos aleja cada vez más de la comprensión exhaustiva del concepto.

Otra posibilidad, más científica, es decantarse por definiciones operativas. Definir en función de fenómenos perfectamente parametrizables. “Ver el rojo” es el “movimiento” nervioso resultante de la afección de un grupo de células a una determinada longitud de onda reflejada sobre un objeto.
Wittgensteniamente, en cambio, “ver el rojo” es un uso lingüístico por el cual asociamos ciertas cualidades de la representación a lo representado más la respuesta a la pregunta “y para qué se usa”. Esta definición –ostensiva- carece de aplicación científica.  
El lenguaje busca el para qué, no el qué… Está ideado para gestionar la realidad y no tanto para comprenderla. Esto es especialmente estresante cuando nos las vemos con el reto de emular aspectos como “consciencia, vida, realidad, etc…”

Pongo un ejemplo,  sonará extraño pero los contemporáneos de Galileo carecían de un referente semántico claro para el término “aceleración”… Tan es así que el propio Galileo emplea indistintamente el término “ímpetu”. Los contemporáneos de Galileo no se planteaban preguntas del tipo “en cuanto tiempo se pone tu caballo a la máxima potencia en carrera”.  Para ellos, “acelerar” era un neologismo científico, un concepto nuevo, como pueda ser “linkar” o “copipega” para un ciudadano de finales del XIX.
Es así que el lenguaje construye el pensamiento. A partir de un uso, de una aplicación, de una necesidad lógica que colmar surge el concepto.

Y a lo que voy
Que es por eso que no veo nada clara la posibilidad de una emulación artificial del psiquismo humano. Deberíamos poder, primero, parametrizar, “recuerdo”, “conciencia”, “tiempo” de un modo operativo.  Lo cual exige otra gama de conceptos aún por descubrir, que nos llevarán a otros, y estos a otras en una espiral sin final posible. 
El lenguaje no está concebido para hablar de sí mismo.

NOTA ¿Supone eso dejar de investigar o insinuar que investigar es inútil? ¿Dar por buena la hipótesis del misterio y detener nuestro camino (como es la tentación constante de los creyentes, llevarlo todo al misterio y descalificar las pretensiones de ir más allá)?
Ni hablar.  Todo lo contrario. El misterio es la antesala del conocimiento. ¿Que tal vez no sea el conocimiento que buscábamos?, bueno, ¿y?

Bueno, vaya peñazo de entrada, que es además, de la sección que menos gente me trae al blog. Si buscan algo más divertido, vean lo que ha publicado el avatar de cabeza de conejo en Prospectiva.

2 comentarios:

Hebert - diseño de paginas web dijo...

bueno la verdad ese tema es bastante subjetovo...

francissco dijo...

La complejidad tan inmensa que llevamos en la cocorota es dificilmente simulable. En fn, otra cosa es que se recreen a parientes suyas, otras IAS, que podrían llegar a la autoconsciencia por vías diferentes ¿quien sabe? O quizá, tan solo a una autoconsciencia impermeable a cualquier test de superTuring.

Si a fin de cuentas, nuestro cerebro funciona con el automático puesto. Y buena parte del llamado sentido del "yo" es inconsciente. O así parece.