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domingo, 1 de julio de 2012
Nueva Entrada Museo Metafísico: Purgatorio
Incorporada una nueva pieza al Museo Metafísico: el purgatorio.
La sala de las incertidumbres se complace en presentar su última adquisición, una ficha sobre el purgatorio. Dado que estamos ante un estado del alma, y no un locus, hemos optado como objeto fetiches el museo del purgatorio de Roma... Es así que el museo metafísico responde a su acendrada vocación como metamuseo, una línea de trabajo prometedora y a la que vamos a volver.
En este momento, el museo ya cuenta con dos metamuseos, el de metacolecciones de primeros fascículos y el museo de museos sobre el purgatorio. Saludos, la dirección. MM.
http://museometafisico.blogspot.com.es/2012/06/el-purgatorio.html
viernes, 6 de abril de 2012
Viaje al Purgatorio de Ramon de Perellós (Final)
Tiempo para la moraleja de esta insólita historia. Pienso que el Viaje al Purgatorio del Vizconde Ramon de Perellós ilustra excepcionalmente la problemática equiparación entre narración y ficción de aquellos hombres de la baja edad media. Europeos, si se me permite la expresión, “pre-literarios”. Perellós y sus lectores no tenían la categoría “ficción” tan arraigada como nosotros la tenemos. No.Para ellos, escuchar relatos prodigiosos y a la vez coherentes formaba parte del proceso de comprensión de un mundo ininteligible sin el concurso de deidades, santos, leyendas y portentos. ¿Cómo explicar la piedra imán sin considerar que el hierro está dotado de un aliento vital que le impulsa a absorber los trozos de su propia esencia? ¿Cómo racionalizar imposibles curaciones ante tal reliquia sin aceptar la naturaleza sagrada de la tal reliquia? ¿Cómo no dar crédito a la existencia de monstruos marinos ante la portentosa visión de una ballena franca saltando en pleno Atlántico?... Claro, para nosotros, ciudadanos del XXI, criados en un barroquismo informativo susceptible de aportarnos a golpe de clic imágenes, estudios, análisis y fichas de la composición química de todo, es enormemente sencillo (o debería) discriminar un relato coherente objetivo de otro coherente pero irreal servido por la fantasía de un autor. Pero entiendo que la categoría “ficción” no podía en modo alguno funcionar igual para aquellas gentes de la baja edad media. Para ellos, una leyenda con santos de por medio no podía ser tildada sin más de descabellada. Para ellos, el testimonio de un reputado viajero, heraldo de papas y reyes, no podía ser sin más clasificado como “burda mentira”. No digamos ya cuando ese relato se llevaba a las páginas de un libro y coincidía exactamente con testimonios parecidos.
Y no. No es una cuestión de ingenuidad. Insisto, para mí es una cuestión de categorías. Aquellas gentes del siglo XIV tenían serios problemas a la hora de etiquetar como “ficción” la historia de Calixto y Melibea, o la del Dante viajero a los infiernos. Sería necesaria (entre otras) la aparición de un nuevo género, la novela de caballerías, la mitificación hecha narrativa de las gestas medievales, para estructurar el concepto ficción tal como hoy lo entendemos.
Me pregunto, para terminar, cómo serán y en qué terminarán las categorías mentales en formación de la cultura actual. Pienso que el conocimiento -la cultura- es un proceso interminable, refinado de continuo por nuevas categorías que no somos capaces más que de atisbar. Nuevas conceptualizaciones que imponemos a la realidad para reformularla y que a su vez realimentan nuestra imagen del mundo. Me pregunto quiénes son los seres fronterizos del presente, seres que como Perellós ayer y posiblemente sin ser conscientes de ello, diseñan las claves filosóficas del futuro.
Enlace a la serie dedicada a las aventuras del vizconde
lunes, 2 de abril de 2012
Viaje al purgatorio de Ramón de Perellós (y 8)
Teoría plausible
Reconozco que hasta leer a Froissart nada terminaba de encajar; mi imaginación fantaseaba con diez teorías, a cual más insatisfactoria. Ahora, conociendo el testimonio del tal Guillaume, la teoría de Riquer me parece la única coherente.
Según esto, Perellós y Courcey acceden a la cueva, donde se enfrentan a un calor sofocante. No olvidemos a Saltrey, y cómo se relaciona la palabra “purgatorio” con los sótanos en los que a modo de sauna los antiguos irlandeses sudaban la gota gorda. Agobiados por el calor y en la penumbra, sometidos durante las horas anteriores a -imagino- fatigosas ceremonias penitenciales, lo normal es caer en la mayor somnolencia.
Ahora bien, imagine el lector del siglo XXI que se ve obligado a sestear en el rincón más peligroso del planeta, pongamos un arrabal de Kandahar o en la cárcel de Tijuana, por ejemplo. No quiero ni pensar qué descontrol de miedos y fobias se encadenarían en la fase REM de tan arriesgada siesta. Para Perellós y Courcey, el equivalente a un talibán o un cruel narco no podía ser otro que Pero Botero y sus infernales legiones. Ese Pero Botero de cuya maldad han escuchado historias a diario. Me resulta impensable que Courcey y Perellós no soñaran aquella noche con el maligno; me resulta impensable que su fantasía no ardiera en imágenes espantosas, de suerte que a la mañana, ambos por fuerza han de reconocer haber registrado visiones escatológicas. Unas visiones que ni la mentalidad más abierta de la época dudaría en imputar a causas sobrenaturales y prodigiosas.
Ahora bien, Perellós tiene un plan. Con independencia de las visiones nocturnas ¡él no ha viajado hasta tan lejos para volver a Aviñón con una onírica historia de terror! El vizconde ha entrado en la cueva para dar fe de la presencia en el purgatorio del mismísimo rey de Aragón. Hasta estoy por jurar que nuestro vizconde ha soñado con el rey, que entre sus visiones se han deslizado fantasías autoinducidas. Así que hará coincidir “ce” por “be” su relato con la historia del caballero Owen. De modo y manera que cuando presente su testimonio en las cortes de Europa, su relato se ajuste a la información previa que los oyentes tienen del tema. Y es en este contexto que cobra verosimilitud el encuentro con el rey.
Si estructuramos el argumento tenemos:
i- Perellós ha viajado hasta Irlanda y penetrado en la cueva de San Patricio, universalmente considerada boca del purgatorio.
ii- Perellós testimonia idénticos detalles de todos aquellos que han estado allí antes.
iii- Perellós afirma haber encontrado purgando penas a una sobrina de cuya muerte nada sabía y al rey de Aragón.
Conclusión: Perellós puede mentirnos pero su relato está cargado de lógica, coincide con la información disponible; que viera al rey allí puede ser un detalle de cosecha propia… ¿pero por qué tomarse la molestia de recrear un contexto tan complejo?... En definitiva, el testimonio de Perellós había de resultar para el coetáneo plenamente coherente y persuasivo.
Enlace a la serie dedicada a las aventuras del vizconde
martes, 27 de marzo de 2012
Viaje al purgatorio de Ramón de Perellós (y 7)
¿Qué demonios pasó realmente en la cueva?
En primer lugar, hay que insistir en que el viaje de Ramón de Perellós está documentado históricamente. Asimismo, en la crónica se introducen deliberadamente menciones a testigos incuestionables (por ejemplo, el nombramiento de caballeros previo al ingreso en el purgatorio, o la presencia de un prohombre bien conocido de la nobleza franco catalana como Guillermo de Courcey). Igualmente, los historiadores respaldan la coincidencia de tiempos y lugares con la crónica de Perellós, verbigracia, si el vizconde asegura que el 2 de noviembre estaba en Dover y 10 días después fue recibido por el rey en Saint Thomas de Canterbury, está documentado que efectivamente el rey estuvo ahí en esas fechas, una información precisa que en la época sería difícil explicar sin recurrir a la experiencia directa.
Sin embargo, debemos a la erudición de Martín de Riquer la existencia de un testigo de cargo llamado a aportar un testimonio definitivo, y es que la peregrinación al lago Derg no era tan insólita como pueda parecer. El gran Martín de Riquer ha dedicado algunos ensayos a demostrar que la caballería andante era una sorprendente realidad en el siglo XV. Los Suero de Quiñones, los Alonso de Quijada no solo existieron sino que culminaban interminables expediciones por Europa prestos a romper lanzas en “votos de paso”, justas y desafíos. En semejante “esprit du temps” embarcarse en una aventura como descender al purgatorio debe ser enjuiciada, salvando las distancias, tal como hoy veríamos al aventurero Xtreme que desciende en piragua un río ignoto de Guinea. Excéntrico “ma non troppo”.
De hecho, y este es el testigo de cargo esgrimido por Riquer, encontramos más caballeros embarcados en la empresa del purgatorio. He aquí la crónica del historiador y aventurero Jean de Froissart, quien durante una visita a Inglaterra conoce a Gillaume de l’Ille. En 1394, tres años antes que Perellós, Gillaume acompañó al rey inglés en una expedición por Irlanda. Le pregunta Froissart si es cierto que, aprovechando su estancia en la isla, Guillaume visitó el purgatorio de San Patricio. Voy a reproducir la respuesta completa tal como la da Riquer en la História de la Literatura Catalana.
“Le pregunté si era verdad lo que se contaba acerca de la cueva de San Patricio. [Guillaume de l’Ille] me dijo que sí, y que estando el rey en Dublín, él y un caballero inglés fueron hasta allí y se encerraron a la puesta del sol permaneciendo en la cueva la noche entera y saliendo al salir el sol. Entonces le pregunté que había de cierto en las noticias que se cuentan y las visiones que allí dentro se producen. Me dijo: cuando mi compañero y yo cruzamos la puerta del sótano, después de haber descendido tres o cuatro pasos, el calor invadió nuestras cabezas. Nos sentamos sobre una de los peldaños de piedra; de esta manera sentados nos vino un gran anhelo de dormir y estuvimos dormidos toda la noche. Entonces le pregunté si, mientras dormía sabía dónde estaba y si tuvo visiones. Me respondió que estando dormidos tuvieron fantasías grandes y sueños maravillosos, les pareció que dormidos vieron más cosas que las que hubieran soñado en sus habitaciones y sobre sus lechos. Esto aseguraban: “y cuando por la mañana nos desvelamos, se abrió la puerta tal como habíamos ordenados y salimos fuera. E inmediatamente olvidamos todo lo que habíamos visto y lo consideramos una fantasía”.
¡Grande Riquer! Un Sherlock Holmes de la historiografía...
Por otra parte, tal como se ha dicho antes Perellós conocía perfectamente el Tractatus de Henry de Saltrey. Precisamente uno de los encargos que el rey Juan le hizo al vizconde fue el de adquirir para la biblioteca real un manuscrito del Tractatus. Atención: no es que Perellós conociera la historia como el que ha oído hablar del Ariosto o Dante… ¡es que tenía una copia del manuscrito!... En otras palabras, Perellós era uno de los dos o tres mil que había leído la historia directamente, pero además era uno de los 200 o 300 que tenía una copia en casa. En otras palabras, era un especialista en el tema.
Aunando el testimonio de Guillaume y sabiendo que Perellós tiene una copia del Tractatus en casa, estamos en condiciones de abonarnos a una teoría plausible.
Enlace a la serie dedicada a las aventuras del vizconde
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| Crónicas de Froissart |
En primer lugar, hay que insistir en que el viaje de Ramón de Perellós está documentado históricamente. Asimismo, en la crónica se introducen deliberadamente menciones a testigos incuestionables (por ejemplo, el nombramiento de caballeros previo al ingreso en el purgatorio, o la presencia de un prohombre bien conocido de la nobleza franco catalana como Guillermo de Courcey). Igualmente, los historiadores respaldan la coincidencia de tiempos y lugares con la crónica de Perellós, verbigracia, si el vizconde asegura que el 2 de noviembre estaba en Dover y 10 días después fue recibido por el rey en Saint Thomas de Canterbury, está documentado que efectivamente el rey estuvo ahí en esas fechas, una información precisa que en la época sería difícil explicar sin recurrir a la experiencia directa.
Sin embargo, debemos a la erudición de Martín de Riquer la existencia de un testigo de cargo llamado a aportar un testimonio definitivo, y es que la peregrinación al lago Derg no era tan insólita como pueda parecer. El gran Martín de Riquer ha dedicado algunos ensayos a demostrar que la caballería andante era una sorprendente realidad en el siglo XV. Los Suero de Quiñones, los Alonso de Quijada no solo existieron sino que culminaban interminables expediciones por Europa prestos a romper lanzas en “votos de paso”, justas y desafíos. En semejante “esprit du temps” embarcarse en una aventura como descender al purgatorio debe ser enjuiciada, salvando las distancias, tal como hoy veríamos al aventurero Xtreme que desciende en piragua un río ignoto de Guinea. Excéntrico “ma non troppo”.
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| Martin de Riquer |
“Le pregunté si era verdad lo que se contaba acerca de la cueva de San Patricio. [Guillaume de l’Ille] me dijo que sí, y que estando el rey en Dublín, él y un caballero inglés fueron hasta allí y se encerraron a la puesta del sol permaneciendo en la cueva la noche entera y saliendo al salir el sol. Entonces le pregunté que había de cierto en las noticias que se cuentan y las visiones que allí dentro se producen. Me dijo: cuando mi compañero y yo cruzamos la puerta del sótano, después de haber descendido tres o cuatro pasos, el calor invadió nuestras cabezas. Nos sentamos sobre una de los peldaños de piedra; de esta manera sentados nos vino un gran anhelo de dormir y estuvimos dormidos toda la noche. Entonces le pregunté si, mientras dormía sabía dónde estaba y si tuvo visiones. Me respondió que estando dormidos tuvieron fantasías grandes y sueños maravillosos, les pareció que dormidos vieron más cosas que las que hubieran soñado en sus habitaciones y sobre sus lechos. Esto aseguraban: “y cuando por la mañana nos desvelamos, se abrió la puerta tal como habíamos ordenados y salimos fuera. E inmediatamente olvidamos todo lo que habíamos visto y lo consideramos una fantasía”.
¡Grande Riquer! Un Sherlock Holmes de la historiografía...
Por otra parte, tal como se ha dicho antes Perellós conocía perfectamente el Tractatus de Henry de Saltrey. Precisamente uno de los encargos que el rey Juan le hizo al vizconde fue el de adquirir para la biblioteca real un manuscrito del Tractatus. Atención: no es que Perellós conociera la historia como el que ha oído hablar del Ariosto o Dante… ¡es que tenía una copia del manuscrito!... En otras palabras, Perellós era uno de los dos o tres mil que había leído la historia directamente, pero además era uno de los 200 o 300 que tenía una copia en casa. En otras palabras, era un especialista en el tema.
Aunando el testimonio de Guillaume y sabiendo que Perellós tiene una copia del Tractatus en casa, estamos en condiciones de abonarnos a una teoría plausible.
Enlace a la serie dedicada a las aventuras del vizconde
sábado, 17 de marzo de 2012
Viaje al purgatorio de Ramón de Perellós (y 6)
En el Jardin de las DeliciasEn la tradición de Perellós, el Jardín de las Delicias es una región del purgatorio en la que tras redimir sus pecados las almas aguardan al momento de ser elevadas al Paraíso Celestial. Ante el Altísimo.
Es un territorio edénico, igualmente llamado Paraíso Terrenal, y delimitado por un muro de “maravillosa factura que semeja de plata y engastado de joyas”. A dos millas del muro, una enorme puerta se abre mágicamente ante los ojos del peregrino. Al punto, una deliciosa fragancia envuelve al vizconde y borra de su memoria los sufrimientos arrostrados para llegar allí.
En el portalón, Perellós divisa una comitiva
dirigiéndose hacia él. Está integrada por reyes, obispos y papas, comandando
una legión de bienaventurados (técnicamente, “en vías de salvación”) que portan
cirios, cruces y estandartes. Formados ante el recién llegado, los procesantes
entonan en honor a Perellós una canción tan bella y armoniosa que anega de paz
y dicha al bravo vizconde. A continuación, dos arzobispos toman la palabra para
agradecer a Dios el haber librado al peregrino de todo mal y darle la
bienvenida.
Desde el portalón, Perellós divisa un valle
infinito, cuajado de prados y flores y con árboles frutales de toda especie,
tan cargados de frutos que “por si solos podrían alimentar a un ejército de
inmortales”. El lugar desprende una luminosidad especial, como de brillante
mañana y atenuada luz crepuscular.
A algunos les incomodará saber que la
organización del Jardín de las Delicias poco tiene que ver con el caos sensual pintado
por El Bosco. Muy al contrario, los innumerables habitantes del paraíso
terrenal se organizan de modo conventual, visten túnicas de colores en función
de su rango social en la tierra y su actividad se sintetiza en asimilar maná y
entonar himnos de gloria, destacando este último apartado; según Perellós, los
cánticos son incesantes porque en el himno los redimidos proyectan no sólo su
inmenso júbilo por la salvación propia sino también por la ajena.
Perellós recorrerá este maravilloso lugar acompañado
por los dos arzobispos, que le guiarán y le informarán de los detalles
logísticos. Aspectos como lo incierto del número de habitantes de esta región,
pues el tiempo que allí permanecen quienes están en vía de salvación es
variable y proporcional a sus pecados. Mucho empeño ponen los arzobispos también
en defender las indulgencias y las dádivas por las almas, pues es el mayor bien
que se puede hacer por nadie. Por lo demás, los arzobispos resultan unos
incansables defensores del purgatorio, como un don que Jesucristo en su
infinita misericordia entregó a los hombres.
Los arzobispos conducen a Perellós a la cima de
una alta montaña. En ningún momento de la ascensión nuestro hombre registra el
menor cansancio ni abandona el estado de dicha que le embarga. Ya en la cumbre,
los arzobispos le informan que si mira hacia arriba podrá ver las puertas del
cielo. Es una zona abstracta, pues el único detalle que aporta Perellós refiere
a una claridad excepcional que emana hacia la tierra. Los arzobispos añaden que
desde este pico de la montaña las almas suben al Paraíso Celestial. Asimismo,
le indican que si aguarda unos instantes verá un “gran prodigio”: la lluvia de
maná.
El maná es el alimento que nutre a las almas
redimidas, pero no se trata de una melaza caída del cielo. El maná es descrito
por Perellós como un rayo de energía que según atraviesa tu cuerpo te llena de
fuerza y vitalidad.
Y poco más queda por decir. Sabido es que el
cielo es la parte de la Divina Comedia de menor valor literario al decir de los
expertos, como si el ingenio humano se creciera en la descripción de los tormentos
y menguara al ilustrar los placeres y los gozos. Perellós no es ninguna
excepción, ventila el tránsito por el Jardín de las Delicias en cuatro folios,
frente a los más de veinte que ha invertido en contarnos lo mal que se pasa
entre las acequias de plomo hirviendo del Pero Botero.
Tras la lluvia de maná, Perellós es informado
de que debe volver a la cueva, atravesando de nuevo el país de los diablos. El
vizconde se niega, pero los arzobispos le recuerdan que “no está en su mano”
quedarse. Con lágrimas en los ojos, Perellós abandona el jardín. Traspasa el
puente y vuelve a la tierra de los afligidos, pero esta vez los diablos, lejos
de tentarle, huyen de él. Regresa también al claustro, donde se encuentra con
el caballero inglés, Guillermo de Courcey, y con los doce santos, que les
felicitan por haber regresado con bien y les perdonan los pecados.
Aún queda sin embargo un último trance. Y es que de regreso a la cueva nuestros dos caballeros no encuentran el camino, avanzan en la oscuridad, asustados y exhaustos. Desesperados, rezan con devoción y, finalmente, entran en un sopor que les induce a un profundo sueño. Nuevamente un fuerte trueno les despierta de la postración. El tiempo corre y ambos peregrinos saben que deben traspasar la puerta de la cueva antes del alba. En un esfuerzo agónico, huyendo a las locas, topan con una puerta, la empujan y logran salir al exterior. Allí les aguardan sus respectivos séquitos.
El viaje sobrenatural termina aquí.
Enlace a la serie entera dedicada a las aventuras del vizconde
lunes, 5 de marzo de 2012
Viaje al purgatorio de Ramón de Perellós (y 5)
Retoma la serie. Consultar entrada anterior.
En compañía del diablo
El purgatorio de San Patricio consta de cuatro partes. Un
primer tramo a modo de pasadizo que conecta la cueva de San
Patricio con el siguiente tramo, ya situado en un mundo sobrenatural y que
Perellós describe como una amplia sala de bella factura gótica, cuajada de
columnas a modo de un claustro. Tras estos dos tramos iniciales (o iniciáticos)
se adentra el viajero en el purgatorio propiamente dicho, que a su vez consta de dos
partes: el país de los afligidos y el país de los redimidos. El primero, en el que
legiones diabólicas atormentan a los pecadores, ocupa diversos valles y en
alguna parte esconde la boca del infierno. El segundo es el paraíso terrenal,
un territorio de tregua y descanso para aquellos que, procedentes del país de
los afligidos, pasarán al siguiente estadio, el paraíso celestial.
Perellós no entra solo en la cueva; le acompaña
un caballero inglés “Guillermo, señor de Corsí, el mayor señor del reino de
Inglaterra y cuya mujer es del linaje del rey de Francia”, no obstante y antes
de empezar el viaje, el prior ha advertido a ambos caballeros que por nada del
mundo deben hablar entre ellos o se condenarán. El viaje es individual.
Tras la puerta Perellós no encuentra más que
una pequeña cripta, sin salida ni conexión ninguna. Desconcertado, se sienta en
el suelo y al punto se ve embargado de un extraño sopor, seguido de
mareos. Transcurre una hora sin cambios
en esta situación hasta que un trueno inexplicable retumba por la cueva.
Entonces Perellós recuerda que debe pronunciar las palabras: Criste Filii Dei vivi, miserere mei peccatori.
En ese momento el vizconde pierde de vista a su
compañero inglés y vislumbra un pasadizo oscuro que le traslada hasta una sala
maravillosa, el claustro.
Allí es recibido por doce ancianos enfundados
en hábitos blancos como monacales. Los ancianos le bendicen y le dicen que en
adelante sufrirá graves tormentos y los demonios le prometerán mil cosas, pero
que bajo ningún concepto debe hacer caso a los demonios, que tenga siempre
presente a Dios y en los peores momentos no se canse de invocar su Santo
Nombre. Los ancianos desaparecen tan misteriosamente como aparecieron.
Perellós no tarda en recibir la indeseable
compañía de los “dimonis”, llegan en tal cantidad que no hay espacio en la
estancia libre de ellos. La recepción de los demonios no es mala. Educadamente,
agradecen al vizconde su visita, una visita que por lo común “los sabios
aplazan hasta después de su muerte”, pero a continuación le dicen que ya puede
marcharse, que vivirá muchos-muchos años y disfrutará de muchos placeres si
renuncia a su propósito. En vistas de que estos argumentos no parecen afectar
al vizconde, en el centro de la sala los demonios prenden una gran hoguera,
capturan a Perellós y lo encaran a las llamas. Viéndose en peligro, el
vizconde invoca el nombre de Jesucristo hijo de Dios vivo. La mayoría de los
demonios huyen despavoridos entre chillidos horripilantes, otros tantos sin
embargo, reducen al vizconde y le conducen hasta el próximo trance.
En las siguientes páginas, y en compañía de los
diablos, Perellós atravesará cuatro llanuras, las cuatro infestadas de
desdichados sometidos a todo tipo de perrerías. La gran mayoría de los
atormentados están hincados al suelo atravesados por grandes clavos, sus
cuerpos son periódicamente recorridos por tormentas de fuego azufroso y,
eventualmente, padecen torturas extras como sapos y serpientes devorándoles por
dentro o mordiéndoles las heridas. En la tercera llanura encontramos una curiosidad que nos evoca a los
erizados e infernales habitantes de Hellraiser. En esta zona Perellós vio “…una
incontable muchedumbre agonizando de dolor. Yacían postrados en el suelo
enteramente erizados de clavos ardientes, que no había de la cabeza al pie
parte del cuerpo libre de clavos. Gemían como moribundos, pues apenas les
quedaban ya fuerzas. Sobre ellos corría un viento mortificante que atormentaba
a los afligidos al azotar sus cuerpos de un modo tan cruel que ninguna criatura
lo pudiera soportar”.
Cada pasaje sigue idéntico esquema. Los diablos
muestran a Perellós los padecimientos y le aseguran que él correrá la misma
suerte si no renuncia a su empeño y vuelve por donde ha venido. Perellós ignora
el consejo, los demonios se le echan encima e intentan infligirle tormento, pero
Perellós invoca el nombre de Jesucristo y los diablos nada pueden hacer. De
inmediato, el vizconde es trasladado a otra llanura donde los padecimientos son
más intensos que en la anterior.
En todo momento Perellós sigue la descripción del
caballero Owein, los padecimientos son parecidos y los cambios leves (por
ejemplo, en el viaje de Owein son quince y no doce los monjes que le reciben).
Al llegar a la cuarta explanada Perellós se
enfrenta al objetivo de su viaje: “Fue
en este lugar en el que reconocí a algunos parientes y al rey don Juan de
Aragón. Entre mis pariente vi a fray Francesc, de los frailes menores de
Gerona, así como a mi sobrina Dolça de Carles, de cuya muerte yo nada sabía,
pues murió después de emprendido mi viaje a Irlanda".
"Los tres andaban en vías de salvación por sus
pecados no purgados en vida. Así mi sobrina, por los tintes y aceites con que
gustaba emblanquecerse la cara. Y así fray Francesc, que según me dijo padecía
tormento por esconder a una monja en su celda, pecado innoble que bien pudiera
haberle costado la perdición eterna de no ser porque se arrepintió a tiempo y
cumplió severísimas penitencias".
"Después hablé con el rey mi señor, quien por la
gracia de Dios era en vía de salvación también. No me quiso el rey revelar las
culpas que purgaba, aunque pienso que sobre todas las cosas los reyes deben
evitar cometer injusticias para obtener placeres o conceder favores a las
cortesanos de su linaje, sean del país o llegados de fuera”.
Me resulta enormemente curiosa la parquedad con
que Perellós describe este gran momento. Cinco líneas… Queda claro que lo allí
hablado forma parte de las cosas que Perellós “no puede revelar”… ¿Por qué?
Nunca lo sabremos. Asimismo, tras su hipótesis de que el rey pena por “nepotismo”
(y no por otras mil cosas que se me ocurren) parecen subyacer acusaciones de
calado (¿Contra quién? A buen seguro, para el lector coetáneo esas referencias
deberían tener nombres y apellidos).
Tras este breve paréntesis Perellós deberá
transitar por tres escenarios avernales más: el valle de la rueda de fuego, un
curioso y hediondo “spa” de marmitas
colmadas de metal hirviente, la falsa boca del infierno y finalmente, el río
Estigio y el puente de la salvación. Tras cada episodio asistimos
machaconamente a la misma situación, los demonios instando a Perellós a “volver
por donde ha venido”, él haciendo caso omiso, intento de tortura entonces por
parte de los demonios, invocación y salvación in extremis merced la Divina
Providencia.
Los tormentos están descritos de manera
desigual, algunos muy detalladamente, otros, en cambio, con contradicciones y
latiguillos del tipo “inosportable tormento” y poco más.
Finalmente, los demonios retan a Perellós a
cruzar por un puente de hielo alto y estrecho “en el que parece que no cabe un
pie”. Lleno de congoja, Perellós se encarama al puente e invoca a Dios. Al
instante, el estrecho pasadizo se convierte en un confortable paso por el que
pueden cruzar hasta dos cabalgaduras simultáneamente. Dando gracias a Dios
Perellós alcanza la otra orilla.
Lo que encontrará a partir de aquí es un panorama radicalmente distinto.
Lo que encontrará a partir de aquí es un panorama radicalmente distinto.
Enlace a la serie entera dedicada a las aventuras del vizconde
martes, 28 de febrero de 2012
Viaje al purgatorio de Ramón de Perellós (y4)
El tractatus de Henry de Saltrey
El lugar al que llegó Ramón de Perellós es la Isla de la Estación, en el lago Derg. Desde el siglo XI acoge el monasterio católico del Purgatorio de San Patricio, un lugar aún hoy de devoción y que, fiel a su tradición, organiza peregrinaciones penitenciales. La zona está escasamente habitada, concentrándose la población en el pequeño pueblo de Pettigo, que se extiende a uno y otro lado de la frontera con el Ulster. Pettigo podría ser perfectamente la villa de Procesión que cita Perellós como última etapa antes de su llegada al monasterio. Al menos el significado inglés del nombre parece revelador ("Pity go"). Desde Procesión y orillando el lago en dirección sur llegaríamos a la actual aldea de Ballymcavany, desde donde parte un ferri al monasterio y desde donde posiblemente se embarcó el vizconde.
Hay cierta controversia sobre si la Isla de la Estación (Stationisland) es la isla original en la cual Dios reveló a San Patricio una cueva de entrada al purgatorio para facilitar la conversión de los druidas y reyezuelos. El lago Derg está cuajado de islas e islotes. Lo cierto es que del siglo XI y hasta 1687 el monasterio acogió peregrinaciones anuales de manera más o menos ininterrumpida. Hasta 1467, al parecer y previa bula o permiso arzobispal, existía la posibilidad de visitar la cueva. Ese año, la denuncia de un fraile al sentirse estafado por no encontrar absolutamente nada en la cueva, forzó el tapiado de la cripta (aunque como digo el monasterio siguió siendo un centro de peregrinaje de la mayor importancia). Posteriormente se retomaron las romerías penitenciales aunque no se han consignado excavaciones en el lugar que pudieran aportar más datos. La cueva no está abierta al público y el visitante actual debe conformarse con una pared de roca.
Posiblemente la fama del lugar se iniciara como tierra de eremitas (los eremitas irlandeses llegaron a Islandia antes incluso que los vikingos) y se aureolara con la leyenda de ser el lugar en que san Patricio encontró la entrada al purgatorio. Corresponde al monje Henry de Saltrey devenir el gran apologeta del lugar. Entre 1180 y 1184 el monje escribió el Tractatus de Purgatorio de Sancti Patricii, obra en la que referían las aventuras del caballero Owein, que unos 50 años antes accedió a la cueva y penetró en el purgatorio. Se trata de una de las primeras referencias al purgatorio católico y tuvo un gran éxito. Hay más de 30 versiones del Tractatus y se han consignado unos 150 manuscritos. Como se verá, las andazas de Perellós por la cueva solo difieren en pequeños detalles respecto al canon fijado por Henry de Saltrey.
Una explicación históricista apela a la costumbre druídico-celta de habilitar sótanos naturales a modo de estancias de curación, una suerte de saunas -lugares de sudación- para eliminar toxinas de modo natural. De cualquier modo, la equiparación de purgar enfermedades con purgar pecados me parece muy sensata a la hora de explicar de dónde se saca Saltrey la idea del purgatorio. Otra opción es que fuera un espacio penitencial de índole espiritual.
Teológicamente, el purgatorio es una novedad del siglo XIII. Con anterioridad, la existencia de un "paso previo" entre la muerte y el cielo, donde el pecador se libra a una suerte de prueba de fe, se entremezcla con las leyendas y vagas referencias bíblico-mitológicas. A juicio de Le Goff, corresponde a San Agustín la ambigua postulación de un espacio temporal en el que el difunto "purga" sus pecados. La idea se mantiene en un estadio preconceptual hasta que, según Le Goff, surgen en el siglo XII diversos escritos que narran las peripecias de las almas en el purgatorio, vinculándose esta tradición con el culto a los difuntos (que data del siglo XI). Entre estas narraciones sobre destacan la Vita Sua, de Alberico de Setefratti, que recoge las visiones de la madre Guilbert de Nogent, y el texto de Saltrey, destinado a ser el que más importancia tendrá en la difusión popular del purgatorio. A lo largo del siglo XIII la escolástica va puliendo el aparataje y su posterior articulación como un espacio teológicamente estructurado e incorporado a la ortodoxia católica. En los primeros años del XIV, el genio de Dante se encargará de fijar el purgatorio al imaginario europeo.
Casi un siglo después, Perellós llega al origen de la leyenda. Es recibido como un gran señor y se le exhorta por pasiva y por activa a abandonar la empresa, dado el gran peligro que supone; la mayoría de los que han entrado no han salido. En vistas del empeño del catalán, el prior del monasterio da su brazo a torcer, aunque antes que franquear la entrada a la cueva el vizconde deberá cumplir una serie de ritos. Tras pasar la noche en rezos y al alba, el caballero es trasladado en procesión a la puerta de la cueva. El prior informa que mañana, a la misma hora, volverán para recogerlo. Dicho esto, invita al vizconde y a un caballero inglés a entrar en la gruta. Después, la puerta se cierra.
Continua en: y 5
El lugar al que llegó Ramón de Perellós es la Isla de la Estación, en el lago Derg. Desde el siglo XI acoge el monasterio católico del Purgatorio de San Patricio, un lugar aún hoy de devoción y que, fiel a su tradición, organiza peregrinaciones penitenciales. La zona está escasamente habitada, concentrándose la población en el pequeño pueblo de Pettigo, que se extiende a uno y otro lado de la frontera con el Ulster. Pettigo podría ser perfectamente la villa de Procesión que cita Perellós como última etapa antes de su llegada al monasterio. Al menos el significado inglés del nombre parece revelador ("Pity go"). Desde Procesión y orillando el lago en dirección sur llegaríamos a la actual aldea de Ballymcavany, desde donde parte un ferri al monasterio y desde donde posiblemente se embarcó el vizconde.
Hay cierta controversia sobre si la Isla de la Estación (Stationisland) es la isla original en la cual Dios reveló a San Patricio una cueva de entrada al purgatorio para facilitar la conversión de los druidas y reyezuelos. El lago Derg está cuajado de islas e islotes. Lo cierto es que del siglo XI y hasta 1687 el monasterio acogió peregrinaciones anuales de manera más o menos ininterrumpida. Hasta 1467, al parecer y previa bula o permiso arzobispal, existía la posibilidad de visitar la cueva. Ese año, la denuncia de un fraile al sentirse estafado por no encontrar absolutamente nada en la cueva, forzó el tapiado de la cripta (aunque como digo el monasterio siguió siendo un centro de peregrinaje de la mayor importancia). Posteriormente se retomaron las romerías penitenciales aunque no se han consignado excavaciones en el lugar que pudieran aportar más datos. La cueva no está abierta al público y el visitante actual debe conformarse con una pared de roca.Posiblemente la fama del lugar se iniciara como tierra de eremitas (los eremitas irlandeses llegaron a Islandia antes incluso que los vikingos) y se aureolara con la leyenda de ser el lugar en que san Patricio encontró la entrada al purgatorio. Corresponde al monje Henry de Saltrey devenir el gran apologeta del lugar. Entre 1180 y 1184 el monje escribió el Tractatus de Purgatorio de Sancti Patricii, obra en la que referían las aventuras del caballero Owein, que unos 50 años antes accedió a la cueva y penetró en el purgatorio. Se trata de una de las primeras referencias al purgatorio católico y tuvo un gran éxito. Hay más de 30 versiones del Tractatus y se han consignado unos 150 manuscritos. Como se verá, las andazas de Perellós por la cueva solo difieren en pequeños detalles respecto al canon fijado por Henry de Saltrey.
Una explicación históricista apela a la costumbre druídico-celta de habilitar sótanos naturales a modo de estancias de curación, una suerte de saunas -lugares de sudación- para eliminar toxinas de modo natural. De cualquier modo, la equiparación de purgar enfermedades con purgar pecados me parece muy sensata a la hora de explicar de dónde se saca Saltrey la idea del purgatorio. Otra opción es que fuera un espacio penitencial de índole espiritual.
Teológicamente, el purgatorio es una novedad del siglo XIII. Con anterioridad, la existencia de un "paso previo" entre la muerte y el cielo, donde el pecador se libra a una suerte de prueba de fe, se entremezcla con las leyendas y vagas referencias bíblico-mitológicas. A juicio de Le Goff, corresponde a San Agustín la ambigua postulación de un espacio temporal en el que el difunto "purga" sus pecados. La idea se mantiene en un estadio preconceptual hasta que, según Le Goff, surgen en el siglo XII diversos escritos que narran las peripecias de las almas en el purgatorio, vinculándose esta tradición con el culto a los difuntos (que data del siglo XI). Entre estas narraciones sobre destacan la Vita Sua, de Alberico de Setefratti, que recoge las visiones de la madre Guilbert de Nogent, y el texto de Saltrey, destinado a ser el que más importancia tendrá en la difusión popular del purgatorio. A lo largo del siglo XIII la escolástica va puliendo el aparataje y su posterior articulación como un espacio teológicamente estructurado e incorporado a la ortodoxia católica. En los primeros años del XIV, el genio de Dante se encargará de fijar el purgatorio al imaginario europeo.
Casi un siglo después, Perellós llega al origen de la leyenda. Es recibido como un gran señor y se le exhorta por pasiva y por activa a abandonar la empresa, dado el gran peligro que supone; la mayoría de los que han entrado no han salido. En vistas del empeño del catalán, el prior del monasterio da su brazo a torcer, aunque antes que franquear la entrada a la cueva el vizconde deberá cumplir una serie de ritos. Tras pasar la noche en rezos y al alba, el caballero es trasladado en procesión a la puerta de la cueva. El prior informa que mañana, a la misma hora, volverán para recogerlo. Dicho esto, invita al vizconde y a un caballero inglés a entrar en la gruta. Después, la puerta se cierra.Continua en: y 5
sábado, 11 de febrero de 2012
Viaje al purgatorio de Ramón de Perellós (3)
El viaje
Ramón, vizconde de Perellós y Roda, comunica a Benedicto XIII su intención de visitar el purgatorio. La razón que esgrime es la que sigue:
"En el tiempo que estuve con el papa llegaron a Aviñón las tristes noticias sobre la muerte del rey. Me dolió profundamente, como a ningún otro servidor del rey le doliera. Fue entonces cuando me impuse la misión de viajar al purgatorio de San Patricio con la idea de, si fuera posible, encontrar allí a mi señor y saber qué padecimientos le alcanzaban"*.
Juan I muere el 19 de mayo y la noticia llega a Aviñón pocas semanas después. Como hemos visto, en los meses que siguen Perellós se lanza a una frenética actividad diplomática para frenar la ofensiva gascona sobre Aragón, desarticulada esta, y de nuevo en Aviñón, Perellós informa oficialmente al papa de sus proyectos. En primera instancia el papa se niega, intenta disuadirle aduciendo lo peligroso de la empresa.
Las noticias que se tienen del purgatorio de San Patricio refieren al Tratactatus de Purgatorio Sanctii Patricii, -atribuido- al fraile cisterciense de Huntingdonshire, Henry de Saltrey, entre 1180 y 1184, y al que luego hemos de volver. Es un lugar común del texto avisar incansablemente de los peligros que acechan al peregrino que desee ver la cueva, los más no regresan de esta excursión al mundo de los muertos. No obstante, Perellós es terco y en una segunda entrevista obtiene la bula que le permitirá viajar a Irlanda con la condición de peregrino.
Esto es importante, por cuando la bula de peregrinaje obliga a los creyentes a facilitar el periplo del peregrino e incluso socorrerle (en el bien entendido que es una obligación moral, de iure).
En cualquier caso, Ramón, acompañado de su hermano Ponç, y sus hijos Lluís y Ramon, parte de Aviñón el 7 de setiembre de 1397.
Llega a París, donde consigue cartas de recomendación para el rey de Inglaterra del propio monarca francés, así como del duque de Berry y del duque de Borgoña. El contexto histórico cobra aquí especial relevancia; estamos en un impasse de la Guerra de los Cien Años, unos meses antes, en 1396 el rey francés había entregado en matrimonio al rey inglés, Ricardo II (con tantos problemas internos como su suegro), a su hija de 7 años. Esto supuso trastocar el equilibrio de poderes de la época, al situar los tronos inglés y francés en un principio de sintonía.
El 1 de noviembre Perellós cruza el Canal de la Mancha por Calais. Llega a Londres, y en Canterbury es informado de que el rey Ricardo está en Woodstock Manor (cerca de Oxford). Allí Perellós recaló 10 días, siendo tratado con todos los honores. La siguiente referencia que aporta Perellós es Esteper, ya en Galés (¿Stoke-on-Trent?), de donde pasa a Chester. En la gran ría de Liverpool Perellós alquila una nave con la que recorre la costa norte de Gales hasta Holyhead. La siguiente etapa es la isla de Man, y de ahí a Dublín, donde es recibido por el primo del rey y IV Señor de March, Roger Mortimer.
Perellós es igualmente agasajado por todo lo alto (no en balde, a las cartas de recomendación ya en su poder ha sumado las del rey y la reina inglesa). El conde trata de disuadirle de continuar el viaje, por la razón ya conocida de los peligros de visitar a los muertos, a lo que añade que los territorios que deberá cruzar Ramón (Irlanda de parte a parte) están poblados por salvajes irredentos, siéndole imposible garantizar la seguridad de los peregrinos. Visto que el empeño del vizconde es firme, Roger Mortimer regala caballos a los viajeros y les presta un traductor, Joan Talabot, inequívoca catalanización de John Talbot, y Joan Diury (¿John Dury), que servirá de escudero. El viaje prosigue sin incidentes hasta Drogheda, donde es recibido por el obispo, quien de nuevo alecciona a Perellós sobre la necesidad de cesar en su empeño habida cuenta de los peligros de la cueva así como de la inseguridad del territorio. Nuevamente Perellós expone su inquebrantable decisión de culminar el viaje y, en un aparte, el obispo le confiesa y le da licencia, al tiempo que le explica con cierto secretismo que le espere en la cercana ciudad de Dundalk. Desde esa ciudad, Ramón remite mensajeros a la corte del rey irlandés Niall O'Neill, en Armagh, que responde enviando a un caballero a Dundalk para escoltar a Ramón hasta Armahg. En eso, y cumpliendo su palabra, llega a Dundalk el obispo con una escolta de 100 caballeros.
Con esta compañía Perellós entra en el territorio del rey Niall, pero al cabo de cinco millas, los cien caballeros optan por retirarse. Perellós prosigue por sus solos medios media milla hasta encontrar a otros cien caballeros, esta vez irlandeses y liderados por el mismísimo rey Niall.
Perellós detiene aquí su relato para caracterizar a la sociedad irlandesa. Habla de las costumbres locales, de la pobreza de las gentes y la rudeza de la corte (el rey va descalzo y el día de Navidad come en el suelo sobre un mantel de juncos). Los peregrinos catalanes llevan ya más de dos meses de camino, cuando se enfrentan a la etapa más peliaguda, cruzar Irlanda hasta el lago Derg (Lough Derg), en la costa occidental irlandesa, Donegal. Al llegar allí, a la localidad de Procesión (probablemente Pettigoe) ya no están solos, para entonces forman parte de una peregrinación penitencial estructurada.
Acompañado del señor local, Ramón es presentado a los frailes, que le llevarán juntos al resto de peregrinos a la isla (situada a unos cien metros de la costa). La isla consta de un monasterio y, apartada y rodeada de muros, la cueva que da acceso al purgatorio.
*La traducción es mía sobre el original publicado en la edición de Edicions 62, "Novel.les amoroses i morals", recopilación de textos catalanes datados entre el XIV y el XVIII y a cargo de Arseni Pacheco y August Bover. Barcelona 1982. En adelante, las citas se referirán a la versión al español a mi cargo. La razón para traducir es el estilo anodino de Ramón de Perellós, encima, en un catalán cargado de galicismos, de difícil comprensión y nulo deleite estético para un lector contemporáneo no especializado, me temo.
viernes, 3 de febrero de 2012
Viaje al purgatorio de Ramón de Perellós (2)
Esta entrada continúa de Viaje al Purgatorio de Ramón de Perellós (1)
Su padre Francesc de Perellos, de familia noble
rosellonesa, medró durante el reinado de Pedro IV “el Ceremonioso”. El
negocio familiar consistía en transportar tropas, participar en acciones de
guerra, financiar expediciones, alianzas, embajadas a Nápoles, a Aviñón,
campañas en Cerdeña... A cambio, se obtenían señoríos, encomiendas de
castillos, títulos… El padre de Ramón, Francesc, se encumbró a privado de Pedro
IV y, a grandes rasgos, actúo como “lobby” de la corona francesa ante el rey
catalano-aragonés; algo bastante lógico habida cuenta de que las propiedades de
Francesc se dividían entre las enfeudadas a Francia y las que tenía bajo
señorío aragonés. Un ejemplo del “savoir faire” de Francesc: El reino de Aragón
era tradicionalmente aliado de Inglaterra y rival de Francia y Castilla, sin
embargo, en un momento de la Guerra de los Cien Años, Francesc de Perellós consiguió
cambiar el statu-quo y alinear a la corona catalana contra Inglaterra, para
finalmente instalarla en una “neutralidad” respecto al puzle dinástico francés. Asimismo, un enfrentamiento de Francesc con
Pedro I “el Cruel” por la posesión de unas galeras desembocó en un nuevo episodio
de la guerra entre Castilla y Aragón (aliado de los Trastamara, pretendientes
al trono).
Entradas relacionadas.
Breve aproximación al caballero Ramón de Perellós, vida y contexto
Contextualizar someramente a Ramón de Perellós en el
convulso periodo del último tramo del siglo XIV resulta imposible. Europa
occidental era un hervidero de conflictos. A las guerras entre reinos
(Guerra de los cien años), hay que añadir las guerras civiles, los
levantamientos nobiliarios y cívicos, los conflictos comerciales por el control
del Mediterráneo, la pujanza del turco, el cisma occidental del papado, la crisis demográfica por la peste… El
vizconde Ramón de Perellós supo adaptarse a este panorama, prestando servicios
ora de intermediador, ora de señor militar, ora de empresario armador, ora corsario, fraguando una importante fortuna, consolidando sus señoríos
y deviniendo uno de los hombres mejor informados del momento.
La historia de este periodo es apasionante y
deja en nada las sagas tipo “Juego de Tronos”. En realidad, la historia real
siempre es mucho más agitada (y entretenida) que la ficticia. Sin embargo,
nuestro problema es comprenderla; como sostiene Gadamer, nuestras categorías
para enjuiciar los hechos difieren de la de los coetáneos. Ruego al lector que
lo tenga bien presente, porque una visión moderna de Ramón de Perellós nos abocaría
a suponerlo una especie de “padrino”, jefe de filas de un clan familiar o
multinacional, que en los juegos de equilibrio de poder trafica con unos y
otros para expandirse. Es así y no es así.
Su padre Francesc de Perellos, de familia noble
rosellonesa, medró durante el reinado de Pedro IV “el Ceremonioso”. El
negocio familiar consistía en transportar tropas, participar en acciones de
guerra, financiar expediciones, alianzas, embajadas a Nápoles, a Aviñón,
campañas en Cerdeña... A cambio, se obtenían señoríos, encomiendas de
castillos, títulos… El padre de Ramón, Francesc, se encumbró a privado de Pedro
IV y, a grandes rasgos, actúo como “lobby” de la corona francesa ante el rey
catalano-aragonés; algo bastante lógico habida cuenta de que las propiedades de
Francesc se dividían entre las enfeudadas a Francia y las que tenía bajo
señorío aragonés. Un ejemplo del “savoir faire” de Francesc: El reino de Aragón
era tradicionalmente aliado de Inglaterra y rival de Francia y Castilla, sin
embargo, en un momento de la Guerra de los Cien Años, Francesc de Perellós consiguió
cambiar el statu-quo y alinear a la corona catalana contra Inglaterra, para
finalmente instalarla en una “neutralidad” respecto al puzle dinástico francés. Asimismo, un enfrentamiento de Francesc con
Pedro I “el Cruel” por la posesión de unas galeras desembocó en un nuevo episodio
de la guerra entre Castilla y Aragón (aliado de los Trastamara, pretendientes
al trono).
No sabemos cuándo nació Ramón de Perellós, una
fecha sensata me parece sobre 1345-50. En el organigrama familiar, a Ramón,
segundón, le correspondería la gestión de los dominios maternos feudatarios de
Francia, por lo que resulta lógico que su padre lo mandara educar a la corte
francesa. No obstante, acuerdos familiares favorecen que, a la muerte del padre
(1369), Ramón “compre” la primogenitura a su hermano Ponç y se convierta en el
cabeza de familia y continuador de los títulos de vizconde de Roda y Perellós. En
1374, y pese a su juventud, el rey Pedro le encomienda una embajada a
Inglaterra. Al regreso, Ramón es capturado por el rey de Granada. Se sabe que
para su fulminante liberación se entablaron conversaciones al más alto nivel entre el rey
moro y el aragonés. Vuelta a Cataluña, el infante Juan (posteriormente Juan I)
le encomienda más misiones ante la corte francesa, en la que Ramón se movió
toda su vida como pez en el agua. En 1377 le encontramos en Chipre al frente de
una oscura misión. La isla es aliada de Aragón y está en guerra con Génova. A
su regreso, Ramón invertirá los dos próximos años en preparar una armada de
socorro a Chipre, pero a pocos días de la partida la coyuntura da un vuelco,
Génova y Aragón alcanzan un acuerdo y Perellós dirige entonces su flota de tres
galeras rumbo a Nápoles.
Allí, entre tanto, se ha consumado el cisma de
Occidente; Clemente VII, con el apoyo de Nápoles y Francia, versus Urbano VI, respaldado
por los estados italianos, el imperio germánico e Inglaterra.
Clemente VII se refugia en Nápoles, donde
contrata los servicios del vizconde para trasladarse a Aviñón por vía marítima.
Este viaje marca la trayectoria del vizconde y durante el periplo Ramón se
ganará la buena voluntad del antipapa y de uno de sus cardenales más
importantes, el aragonés Pedro Martínez de Luna (más tarde, Benedicto XIII o el
Papa Luna).
De regreso a Barcelona, Ramón se dedica a
ventilar asuntos familiares pero, gradualmente, según se vislumbra el declive
del poder real y el ascenso de su heredero, el infante, el vizconde se va
aliando con Juan I, de quien, una vez coronado (1389), se convertirá en hombre
de confianza para asuntos “delicados” y frecuente embajador. Negocia alianzas,
bodas, empréstitos, acompaña a Carlos VI
en su viaje por Alemania… En general, sus estancias en la corte francesa o en
el papado duran varios meses, al cabo de los cuales vuelve a Barcelona. Unas
semanas de descanso con su mujer e hijos y vuelta a empezar.
Dicho sea de paso, y para que se vea que no era
el del vizconde un destino fácil, Carlos VI padecía de frecuentes trastornos
psicóticos (protagonizó el célebre Bal des Ardents, ficcionalizado por Poe,
entre otras locuras).
En 1390 Ramón se embarca en otra aventura naval
que, posiblemente, le llevó a participar en una armada contra Túnez liderada
por Luis de Anjou (Luis II de Nápoles). En los años 1392 y 1393 ejerce de
cortesano. En julio de 1393 un viejo conocido, Pedro de Luna, es elegido papa en Aviñón,
Benedicto XIII no tarda en ofrecerle entrar a su servicio y el vizconde, tras
obtener licencia ante el rey Juan, acepta el cargo; será hombre confianza del
papa al tiempo que ejerce de informante del rey aragonés de todo lo que se
cuece en Aviñón.
1396 es un año clave. Juan I muere
repentinamente en un accidente de caza. Las ciudades de Barcelona y Valencia
lanzan entonces graves acusaciones contra los consejeros del rey. La nueva
reina (María, esposa de Martín el Humano, a quien el fallecimiento de su
hermano sorprendió guerreando en Sicilia) ordena procesar a los consejeros
(entre los que destacan los dos hermanos Perellós, Ramón y Ponç). Durante el
proceso se acusa a Ramón de conspirar en secreto contra el rey fallecido. La
acusación no debía estar demasiado fundada, puesto que en julio de ese mismo
año, la reina (que sigue esperando el retorno de su marido), confía al vizconde
una trascendental embajada relámpago ante el rey de Francia. A grandes rasgos,
la muerte de Juan I dio alas al conde de Foix (feudatario de Francia) para
optar a la corona aragonesa aprovechando el vacío de poder ocasionado por la
ausencia del rey Martín. Rápidamente el de Foix se alió con los Armañac
(señores de Gascuña) y los reyes de Mallorca para preparar la oportuna invasión
de Cataluña. El papel de Ramón de Perellós fue trascendental a la hora de
frustrar esta maniobra. Primero obtuvo la neutralidad de Francia y luego consiguió
retrasar la alianza de Foix negociando por separado con los Armañac y los
mallorquines. Mientras Ramón de Perellós gana un tiempo precioso, la reina refuerza
las fronteras y une a la nobleza de su partido, de modo que cuando los de Foix
invaden el Principado, la corona aragonesa no encuentra excesivos problemas en
librarse de la amenaza.
El vizconde vuelve a Aviñón. Tiene unos
cincuenta años. Ha recorrido el Mediterráneo de Barcelona a Chipre, ha viajado
por Alemania, por Inglaterra, por Italia. Rodeado la península Ibérica, cruzado
innumerables veces los Pirineos. Ha conocido papas, reyes y empesaradores. Ramón
de Perellós está en la plenitud de su vida.
Es entonces cuando decide poner en marcha un
proyecto ideado durante los frenéticos meses de 1396 y que el propio vizconde
no se ha cansado de airear.
Viajará hasta el purgatorio y se entrevistará
con un rey muerto.
Contnúa en Viaje al Purgatorio 3
Contnúa en Viaje al Purgatorio 3
miércoles, 1 de febrero de 2012
Viaje al purgatorio de Ramón de Perellós (1)
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| Juan I |
El 7 de septiembre de 1397 Ramón de Perellós, vizconde de Perellós y vizconde de Roda, emprendió un viaje al Purgatorio de San Patricio. Allí, tras entenderse con demonios y almas en pena, logró entrevistarse con una sobrina, Dolça de Carles, su hermanastro, fray Frascesc de Perellós, y culminar el verdadero objetivo del viaje; dar fe de que Juan I, rey de Aragón, fallecido accidentalmente, estaba en el purgatorio y no en el infierno.
Todo está cumplidamente relatado en el “Viatge del
Vescomte Ramón de Perellós i Roda al purgatori nomenat de San Patrici”, del
propio Perellós, obra que tuvo una gran influencia en la época.
Entender este viaje es uno de los objetivos intelectuales
del Sr. IA; presiento que tras la odisea del vizconde se palpa la “mentalidad medieval”
en su forma más incontaminada.
Juan I ha pasado a la posteridad como “el
Cazador”. Como monarca delegó en su mujer y ministros el gobierno del reino y
sus feudos para dedicarse a las bellas artes (fue un protector de la entonces
en auge poesía trovadoresca) y, sobre todo, a la caza. Fue precisamente en una
montería que encontró la muerte. Pero la “opinión pública”, en el enrarecido
ambiente de la Europa de la Guerra de los Cien Años, el cisma de occidente,
etc… rápidamente consideró que el rey había sido objeto de una conspiración.
El detalle clave es el que sigue. Si mal está
matar a un rey, dejarle morir sin el auxilio de los Santos Sacramentos
equivalía en la mentalidad coetánea a condenar al rey al padecimiento eterno
del infierno. Para demostrar que esto no era así, Perellós, supuesto
beneficiado de la muerte del rey, urdió el viaje; si lograba encontrar en el
purgatorio al rey Juan, entonces, quod
erat demonstrandum, el rey Juan había recibido los auxilios espirituales.
Para empezar, deben entender los lectores que el viaje está
históricamente probado. En 1397 el purgatorio era un espacio físico con una
puerta de acceso en Irlanda. Estaba (y está situado) en una isla en medio del
lago Derg, en el condado de Donegal, junto a la frontera de Irlanda del Norte.
Visitarlo no era sencillo, y menos para un hombre de la alta posición del
vizconde. Los documentos históricos estriban en las bulas obtenidas ante el
papa Benedicto XIII (el famoso Papa -o mejor “antipapa”- Luna), y sobre todo,
en el pasaporte expedido por el rey de Inglaterra con fecha 6 de septiembre de
1397. Luego tenemos el diario del viaje, en el que Perellós pormenoriza las
rutas, las ciudades, con quién estuvo y qué hizo. Por último, aunque Perellós
fue el único miembro de la expedición catalana que cruzó las puertas del
purgatorio, no viajó solo; En la misma expedición constan sus dos hijos (Lluís
y Ramón), su hermano Ponç y su sobrino Bernat de Centelles. Es decir, este no es el típico caso de un poeta
embustero que se inventa un remedo dantesco. El viaje del vizconde a Irlanda
está por encima de cualquier duda. Es más que probable que efectivamente
atravesara Irlanda y visitase el Saint Patrick’es Purgatory. Qué hizo allí y
porqué es una obsesión que me acompaña desde hace años.
Con su permiso, voy a analizar los pormenores de
esta insólita expedición. En primer lugar estableceremos qué era el Saint
Patrick’s Purgatory (para lo cual me resulta forzoso explicar la génesis de
este espacio de padecimientos transitorios). En segundo lugar me propongo dar
algunos datos de Ramón de Perellós (extraídos de dos artículos biográficos de
María Teresa Ferrer i Mallol). Por último, me propongo lanzar algunas hipótesis
explicativas.
Enlaces relacionados: Vida y contexto de Ramón de Perellós.
Enlaces relacionados: Vida y contexto de Ramón de Perellós.
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